En el artículo de esta semana vamos a conocer las diferencias existentes entre el estrés y la ansiedad ya que hay cierta confusión entre ambos conceptos.


El estrés consiste en el proceso que se inicia ante un conjunto de situaciones ambientales (exigencias laborales, sociales, familiares, etc.) a las que debemos dar respuesta para adaptarnos.

La ansiedad, sin embargo, es una reacción emocional de alerta ante una amenaza y puede continuar después de que el factor estresante haya desaparecido. Aunque también puede aparecer sin elementos amenazantes.

El hecho de que algunas personas crean que son sinónimos hace referencia especialmente a que el exceso de estrés puede llegar a provocar ansiedad. Sin embargo, el individuo que padece ansiedad no necesariamente presenta estrés.

Una característica común son los síntomas. Las respuestas fisiológicas (palpitaciones, sudoración, tensión muscular, etc.), las cognitivas (muchos pensamientos y la mayoría muy negativos) y motoras (necesidad de huir, entre otras), son muy parecidas tanto en el estrés como en la ansiedad.

Estas respuestas en sí mismas no son nocivas puesto que han tenido una ventaja evolutiva importante para nuestra especie. Cuando nuestros antepasados se enfrentaban a un animal salvaje o tenían que cazar para sobrevivir, la activación del estrés les ayudaba a enfrentarse a esas amenazas. Pero, en la sociedad de hoy en día, las demandas son distintas, nuestro cuerpo se activa pero nuestras respuestas son menos intensas dando lugar a que la mayor parte de los recursos movilizados no se utilicen y se acumulan en nuestro organismo expresándose de forma poco adaptativa.

Además cuando estas reacciones aparecen de forma muy intensa pueden provocar un desgaste en los recursos y deterioro en la persona desarrollando estrés crónico o algún tipo de trastorno de ansiedad (agorafobia, fobias, toc, etc.). Ejemplos de esto es soportar a diario un ambiente tenso con un compañero de trabajo o con la pareja; o ver cómo un familiar se consume debido a una enfermedad grave.

Como las respuestas de estrés y ansiedad no las podemos eliminar, sí podemos reducir el impacto negativo que nos provocan. Para ello vamos a seguir estas pautas.

  1. Disminuir, todo lo que podamos, nuestras exigencias y expectativas. Para esto es fundamental acostumbrarse a delegar. Aquí funciona el dicho “Menos es más”.
  2. Centrarnos en el momento presente. Según la investigación publicada en 2013 en la revista Health Psychology, la atención plena no sólo está asociada con sentirse menos estresado, está también vinculada a una disminución de los niveles de la hormona del estrés (el cortisol).
  3. Ser decisivo. De nada sirve dar mil vueltas a cualquier asunto. Hay una técnica llamada “solución de problemas” que nos lo facilita.
  4. Aprender a relajarse. El yoga es muy eficaz ante cualquier trastorno ansioso. Centrarnos en nuestra respiración también puede resultar muy útil.
  5. Alimentarnos de forma sana. Cuando comemos bien hacemos que nuestro cuerpo tenga los recursos necesarios para enfrentarse a las demandas del medio.
  6. Descansar lo suficiente. Entre 7 u 9 horas es el número adecuado para que nuestro cuerpo se recupere y pueda encarar las exigencias del día.
  7. Hacer ejercicio frecuentemente, al menos 3 días a la semana. El ejercicio nos ayuda a estabilizar nuestra energía y a liberarla.
  8. Aumentar las actividades de ocio y el tiempo libre ya que restablecen nuestro equilibrio psicológico.
  9. Aprender a controlar los pensamientos negativos. La técnica de detención del pensamiento ha demostrado ser muy efectiva.
  10. Tener un buen apoyo social. Las relaciones sociales y los vínculos sanos son protectores de desarrollar trastornos psicológicos. El ser humano es un ser social por naturaleza.

Sobre el estrés y la ansiedad queda mucho por comentar ya que es un tema actual y que de alguna forma todos nos sentimos identificados.

Esther Redolosi Sánchez

Psicóloga sanitaria

(Experta en Psicopatología y Salud)

625 136 968

estheredolosi@hotmail.ccom

www.estheredolosi.com

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