La impaciencia es una actitud más común en los niños, adolescentes y jóvenes. El adulto suele ser más paciente o, por lo menos, se espera que tenga más control emocional.

Cuando hablamos de impaciencia solemos catalogarla como algo negativo y su opuesto, la paciencia, como una virtud en alza. La paciencia nos permite esperar con tranquilidad los resultados y nos invita a confiar en que el tiempo solucionará nuestros problemas. Ya lo dijo Don Quijote: “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”


La impaciencia está relacionada con nuestra organización temporal, con cómo gestionamos el tiempo, nos sentimos impacientes cuando queremos que se produzca algo más pronto de lo que es. Por eso es habitual que la persona impaciente tienda a sentirse insatisfecha.

Es cierto que la persona impaciente suele tener poca tolerancia a la frustración y cierta necesidad de controlar las situaciones. Pero, afortunadamente, la impaciencia tiene ciertas cosas a su favor. Tiene una vertiente positiva y es aquella que nos ayuda a poner límites en nuestra vida. Es decir, el ser muy pacientes con ciertas actitudes puede provocar que seamos demasiados complacientes y esto no es nada bueno. La impaciencia nos facilita marcar nuestro espacio en las relaciones y buscar una solución que nos haga sentir bien.

La impaciencia relacionada con el amor y el afecto también es positiva, por ejemplo, cuando dos amantes no encuentran el momento de reencontrarse, la impaciencia porque se acabe una guerra o la impaciencia cuando estamos enfermos que provoca que nos activemos para intentar sanar.

El resto de las impaciencias suelen ser negativas y están relacionadas con la productividad. Esto provoca que si estamos en un atasco nos impacientemos, si tenemos que cocinar nos impacientemos, etc…. Esa asociación entre el resultado y el esfuerzo que están tan de moda actualmente y que tantas frustraciones e insatisfacciones acarrea.

Con todo lo comentado, volvemos a la idea, que hemos dicho otras veces, que en el equilibrio está la virtud. Podemos ser pacientes en muchas situaciones e impacientes en otras. La inteligencia se encuentra en saber cuándo es mejor ser paciente y cuando es más beneficioso no serlo. Para alcanzar esta capacidad de discernir es fundamental tener una conexión sana con nosotros mismos y estar muy en contacto con nuestro centro. Esto se consigue a través de conductas de autocuidado.

A continuación, os dejo unas pautas que nos ayudan en este sentido:

  1. Dormir lo suficiente. El descanso es primordial ya que nos hace renovar las energías.
  2. Comer bien. Cuanto más sana sea nuestra alimentación nuestro cuerpo también lo será. Mens sana in corpore sano.
  3. Pensar menos y estar más presentes. Nos pasamos la mayor parte del tiempo pensando y nos perdemos la posibilidad de vivir cada instante con atención plena.
  4. Practicar meditación, yoga, etc…. Esto nos facilitará tener más conciencia de nuestro cuerpo.
  5. Mantener relaciones saludables. Para conseguir esto es fundamental aprender a ser asertivos.
  6. Contacto con la naturaleza. Formamos parte del mundo y el contacto con el mar, las montañas, los árboles, los animales nos aportan enormes beneficios.

Para concluir, esto trae a mi mente una frase muy conocida a la que hago pequeños cambios y que resumen el artículo de hoy. Tener paciencia para cambiar las cosas que no podemos cambiar, impaciencia para las que sí podemos y sabiduría para distinguir la diferencia.

 

Esther Redolosi

Psicóloga sanitaria AN05714

Teléfono: +34 956311509  625136968
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Urb. El Almendral, 4 – 3ºA
11407-Jerez de la Frontera

(Cádiz)

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