La onicofagia se trata de un hábito compulsivo por morderse o comerse las uñas que comienza generalmente en la infancia sobre los 3 años teniendo mayor incidencia en la pubertad. La frecuencia es igual en ambos sexos y afecta a un 45% de la población infanto-juvenil.

Este hábito no guarda relación con el nivel mental de la persona, pero sí está impulsado por razones psicológicas como tensión, ansiedad, frustración o aburrimiento. Además,

está vinculado a la forma de exteriorizar los sentimientos. El niño o la niña para calmar los momentos de tensión desencadena, de forma inconsciente y frenética, el impulso de morderse las uñas. Ellos lo hacen para calmar su ansiedad, saben que es perjudicial pero no pueden controlarlo.

No es habitual que las personas soliciten ayuda psicológica para tratarla, pero sí que es frecuente que aparezca dentro de las terapias de familia o en terapia infantil cuando estamos interviniendo por otra problemática (trastornos de conducta, celos con los hermanos, falta de atención…).

La intervención se basa principalmente en trabajar la inteligencia emocional del pequeño utilizando mayoritariamente técnicas de modelado. También se interviene con los padres para conocer el ambiente familiar donde se desarrolla el niño y para poder hacer los cambios que sean necesarios. Es muy importante transmitir la idea de que no es efectivo castigar al niño por esta conducta. Si nos enfadamos o le reñimos lo que conseguimos es que aumente su ansiedad y, por ende, sus ganas de morderse más las uñas. La finalidad es que el pequeño aprenda a gestionar su tensión, su frustración e incluso su sensación de aburrimiento. Con esto intentamos tratar el problema desde su causa para que no vuelva a aflorar.

De no haber síntomas de ansiedad, es recomendable el uso del refuerzo positivo, es decir, premiar con nuestros gestos cuando no se las coma e ignorarle cuando se las coma.

Cualquier trabajo que hagamos encaminado a solucionar este hábito aportará a nuestro hijo o hija unos valores que le servirán en la vida adulta, entre los que destaco los siguientes:

  • Cuidado de uno mismo: Tener unas manos sanas y bonitas es signo de salud y de autocuidado. Además, al morderse las uñas se dejan desprotegidas las yemas de los dedos e introducimos gérmenes en nuestra boca.
  • Buena autoestima: Los niños que son capaces de realizar las cosas que se propongan se sienten mejor consigo mismos. Si logra esto, se reforzará la confianza en sí mismo.
  • Constancia: Le ayudamos a fomentar la autodisciplina y el esfuerzo que le servirán para el logro de futuras metas.
  • Gestión emocional: Le enseñamos a conocer y controlar sus emociones e impulsos. Esta es la base de la inteligencia emocional.

Para terminar, quiero recordar que como padres somos ejemplos y los niños adoptan nuestros hábitos. Observar cómo gestionamos nosotros mismos las emociones y si tenemos también esta conducta u otra que sea compulsiva e intentar solucionarla. Nuestro ejemplo hará la diferencia en su vida y en el futuro del mundo.

 

 

Esther Redolosi

Psicóloga sanitaria AN05714

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